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A partir de la presidencia de Roca fue ganando importancia un grupo de
hombres, identificados posteriormente como la Generación del 80.
Este grupo le dio contenido ideológico y político a esta época de la
historia argentina, llena de transformaciones en todos los sentidos.
Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané (h), Eugenio Cambaceres,
entre otros, fueron protagonistas - desde el gobierno, el libro o el
periodismo - de una labor que dejó en claro un modelo de país
agroexportador, estrechamente vinculado al mercado inglés y permeable a
la inmigración.
Liberales, con puntos discutibles, creían que el manejo de los asuntos
políticos se reservaba a una elite, a una minoría poseedora del saber y
de la riqueza. Para poder entenderlos, cabe destacar el siguiente ejemplo.
Cuando a Eduardo Wilde le preguntaron qué opinaba del sufragio universal,
respondió que "es el triunfo de la ignorancia universal".
Hubo
entre los hombres de la generación del 80 espíritus religiosos y no
religiosos, pero sin duda predominaron y ejercieron mayor influencia estos
últimos. A ellos se debe la acción de gobierno y sobre todo el aire
singular que adquirió la época, en Buenos Aires y en Córdoba
especialmente. Quizá fueran ateos, pero es más seguro que fueran tan sólo
indiferentes, porque la despreocupación por cuanto implicara severos
compromisos internos caracterizó su manera de ser.
El
amor a la riqueza y el orgullo de casta engendró el sensualismo y éste
tentó a los aristócratas de la modesta Buenos Aires con las infinitas
vanidades que movían a las burguesías ricas de Londres o Paris. El
refinamiento en las costumbres comenzó a regirse por normas diferentes de
las que habían presidido la vida del patriciado porteño, alterada ahora
por cierto amaneramiento que nacía de traducir a la atmósfera aldeana de
Buenos Aires las modas, los usos y las convenciones de las grandes
capitales europeas, entonces en la euforia del esplendor capitalista.
La
construcción del edificio del teatro Colón, proyectado por el gobierno
de Juárez Celman, simbolizó no sólo las preocupaciones por el goce estético
sino, más aún, el afán de construir los cuadros para el desarrollo de
una existencia convencional en el más alto nivel de lujo. Julián Martel
procuraba, en La Bolsa, reflejar
la feria de las vanidades porteñas, y Lucio V. Mansilla daba el ejemplo
de cómo adecuar la elegancia europea al marco de la ambiciosa ciudad que
Lucio López, con ajustada precisión y acaso no sin melancolía, llamó La
gran aldea.
Esta
actitud vital extrañaba, ciertamente, cierto desprecio por las
tradiciones vernáculas.
Herederos
de padres ilustres, creyeron merecer no sólo el prestigio que rápidamente
conquistaron, sino también la dirección política del país -
administrada por los jefes de los grupos provinciales - y sobre todo
cierto diezmo que parecía corresponderles por derecho natural sobre las
ganancias que el país obtenía de su ingente esfuerzo, obra ya de propios
y extraños.
Pero
la lucha por la riqueza no siempre adoptaba iguales caracteres. En la
vieja clase de trabajadores criollos, en la nueva clase de los inmigrantes
que acababan de incorporarse al país, y hasta en las clases medias que
sufrían los embates de las transformaciones económicas y vivían dentro
de un régimen de inestabilidad, la lucha por la riqueza tenía cierta
visible sordidez que los espíritus refinados de la nueva oligarquía
acusaban inmediatamente.
Quizá
fuera por eso que sus miembros se acostumbraron muy pronto a suponer que
pertenecían a otra clase, a otro mundo que éste de los que buscaban la
riqueza en una lucha sin cuartel por medio del trabajo. Ellos no
necesitaban descender a esos menesteres. Se convencieron de que constituían
lo que quedaba de puro, de prístino, en el país, y que se merecían
todo, a causa de ese mérito, que no era suyo, sino determinado por lo que
había cambiado a su alrededor. La sordidez de su propia lucha por la
riqueza parecía ocultárselas. Poco a poco, se sintieron los elegidos,
los puros, en una sociedad que ellos mismos habían hibridado; fueron los
aristócratas, en una sociedad donde se desvanecía rápidamente el
sentido patriarcal de la vida y comenzaban a diferenciarse las clases económicas
con creciente nitidez.
LOS
FACTORES DE PODER
La preponderancia
de esta generación, su influencia en los acontecimientos políticos y
económicos de su época se apoyaron en los siguientes factores de poder:
-
La tierra,
la gran propiedad (latifundios).
-
a
colonización,
ligada fundamentalmente a la producción agrícola.
-
a
inmigración,
fuente de la mano de obra necesaria para una
economía exportadora;
-
La dependencia comercial de los intereses británicos que produce el crecimiento del país hacia
fuera.
-
El monopolio político
ejercido por el gobierno de la elite.
Con
respecto a la tierra, destacados
investigadores coinciden en afirmar que “al iniciarse la década del
'80, casi toda la tierra del Estado bonaerense había pasado de manos del
mismo a la de particulares”.
En líneas
generales, desde la enfiteusis rivadaviana,
no se alteró el sistema de distribución de la tierra que favoreció a la
burguesía terrateniente. En 1880, en la provincia de Buenos Aires, la
tierra estaba en manos de muy pocos. La Campaña al Desierto, llevada a
cabo por Roca, supuso la obtención de nuevas áreas que favoreció a esa
burguesía.
Para
1884 en la provincia de Buenos Aires solamente quedaba un 25% de tierras públicas.
Las
tierras se entregaban para pagar déficits fiscales y el gobierno central
no intervenía en forma directa. Para entonces la posesión de la tierra
seguía siendo sinónimo de poder político. En realidad, la tierra
concilia los dos intereses: el poder económico y el poder político.
La
empresa de colonización fue
llevada a cabo por mano extranjera especializada que la orientó hacia la
producción agrícola con distintas características en cada provincia.
Santa
Fe había iniciado la colonización en 1865 y era la más adelantada.
Posteriormente ese proceso de colonización se intensificó. Así lo
prueba el segundo censo oficial de 1895: sobre un total de 9.837.000 ha.
habían sido colonizadas alrededor del 37%.
En
cuanto a la inmigración es a
partir de 1880 cuando comienza el ingreso masivo de inmigrantes. El país
los recibe con los brazos abiertos, ya que la mano de obra, tanto en las
áreas rurales como en las urbanas, es escasa. La inmigración cumple,
pues, un destacadísimo rol económico, además de social y cultural.
La dependencia comercial se vincula con los intereses británicos porque Inglaterra es la
principal inversora, compradora y vendedora.
Se
acentúa el control británico sobre ferrocarriles y el comercio de carne.
Las vías férreas se transformaron en verdaderas “vías de
intercambio” que conectan las zonas que interesan al mercado externo
con el puerto de Buenos Aires dando la imagen de un gigantesco embudo que
terminará en los buques de ultramar (mercado de exportación).El monopolio político se traduce en un poder centralizado en Buenos Aires y en manos de una élite,
pero dentro de un esquema político en el que la clase dirigente del
interior hace sentir su influencia. Esa influencia se corporiza a través
del P.A.N. (Partido Autonomista Nacional) que constituye un centro de acción
de las burguesías del interior para equilibrar el avance porteño.
EL PROYECTO DE LA GENERACION DEL 80
Este
proyecto se elaboró sobre tres acontecimientos políticos:
El Presidente que inició este período fue Julio
A. Roca. El moverá los
hilos políticos del país: era un conservador pragmático, diestro y
astuto.
La
fuerza electoral y la base política de esta generación, hábilmente
manejada por Roca, será el P.A.N. (Partido Autonomista Nacional) que era
una alianza de dirigentes de todo el país cuya estrategia inicial
consistió en equilibrar las fuerzas del interior frente al avance del
porteñismo.
A
Roca y sus sucesores les interesan legitimar el poder e imponer la
pacificación. Se necesita un Estado director y gestor de la legislación
transformadora, en todos los órdenes. Se impone una laicización del
Estado: ley de Registro Civil, Matrimonio Civil y de Enseñanza laica (ley
1420), creación de tribunales de la capital, código de procedimiento en
lo civil, Banco Hipotecario Nacional, organización de los territorios
nacionales, ley de la consolidación de la deuda pública.
Se
impone el oficialismo y el Estado es quien reparte cargos formando a su
alrededor una especie de clientela política. En consecuencia, el sostén
del P.A.N. se basaba en la corrupción electoral (fraude y falsificación
del voto).
Las
leyes laicas irritaron a los sectores vinculados con la Iglesia Católica
(leyes de Educación Común, Registro Civil, Matrimonio Civil) y se
promovieron arduos debates parlamentarios y aun la ruptura con la Santa
Sede.
Sin embargo, esta política debe entenderse como una asimilación
propia del liberalismo europeo y también como una necesidad de atraer
inmigrantes e inversión de capital que no siempre tenía su origen en
países católicos.
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